miércoles, 22 de marzo de 2017

CELINE (Por Isabel Salas) Viaje al fin de la noche

Imagen de la red
RESEÑA de ISABEL SALAS: 
Viaje al fin de la noche 
del escritor francés L. Ferdinand Céline

Siempre he leído mucho y de todo, desde libros considerados de calidad hasta cosas consideradas de quinta categoría pasando por el bote de champú que es una lectura muy inspiradora en ciertas horas.
Libros de aventuras para niños, para adolescentes, para adultos, prosa y poesía, pero hoy quiero hablar de uno en particular. No es una reseña, es simplemente hablaros de él.
El libro que en mis horas mas tristes siempre me hace reír y me acompaña.
Hasta hoy me sorprende recordar lo mucho que me reí leyendo los dos primeros capítulos de Viaje al fin de la noche del escritor francés L. Ferdinand Céline, la primera vez que cayó en mis manos, y desde entonces lo he releído varias veces, la última hace unos seis años, y lejos de hacerme menos gracia, me hizo más gracia que nunca.Seguramente porque he vivido más y mi capacidad de comprensión se ha incrementado junto con mi capacidad de aguantar compresión también.
En él, el protagonista se alista en el ejercito en una hora de arrebato etílico y a partir de ahí comienzan sus desgracias una atrás de otra.
Yo no he sido nunca de beber mucho pero también he hecho muchas cosas en el arrebato y las consecuencias de esas horas de idiotez extrema se han convertido en horas muy malas que se han arrastrado por años y años, como le pasa a Ferdinand Bardamu, que así se llama el infeliz héroe, que desde la mesa de un bar donde estaba de copas con un amigo, viaja hasta el fin de la noche , del pozo y de su puta madre, sin entender mucho dónde fue que la cagó exactamente para estar sufriendo tanto.
Eso digo yo, que impulso te lleva algunas veces a hacer lo que haces. Tal vez sea sadismo, pero a mí me consuela y me divierte ver esa sucesión de desastres encadenados que si bien no son paralelos a los desastres que me han pasado a mí, sí que me han servido para comparar.
En el libro hay escenas tremendas de la guerra de trincheras y tan bien narradas y con un lenguaje tan crudo que entran al mismo tiempo ganas de llorar y de reír. Llorar por lo dramático, reír porque cuando el drama aprieta es casi imposible que no invada el lado de la comedia.
Y cuando eso pasa y el escritor sabe escribir, puedes verte soltando una carcajada al leer que un soldado se cabrea porque estaba hablando con un compañero y en medio de la frase le matan el amigo y hay que ver lo que jode que te dejen con la palabra en la boca, y aunque sea porque se
Imagen de la red
mueren, jode lo mismo.
Dejo claro que no he estado directamente metida en ninguna guerra, he visto sin embargo de cerca varias caras de la violencia y entiendo el miedo.
Céline tiene una capacidad absurda de llevarte de su mano hasta verte en el medio de cualquier escena haciéndote al mismo tiempo protagonista y espectador. Eso para mí es una terapia, pues me permite experimentar sentimientos que conozco desde la piel de otra persona que no soy yo, a quien sin embargo le pasan cosas que puedo entender perfectamente porque se parecen mucho a las que yo he vivido, mirado desde cierto punto de vista que sólo el vínculo que se crea entre quien escribe bien y quien lee bien, explica.
Más tarde, Ferdinand decide desertar haciéndose pasar por loco y esa parte me encanta. ¿Quién no se hace el loco alguna vez para escapar de alguna situación insoportable? Yo desde luego me hago la loca estupendamente si hace falta y de nuevo comprendo esa salida rara para ver si dejan de joderme viva cuando parece que no hay compasión y la alternativa es hacerme la lista y decirle al cabrón que está jodiendo que se vaya a la mierda y allí pacíficamente encuentre un arbolito bien derecho y a ver si se ahorca un poquito en nombre de la humanidad.
Después de la guerra, de pasar por el manicomio y de un noviazgo con una norteamericana, Lola, termina en un barco camino de África. Durante la travesía también la lía parda y acaban queriéndolo matar. De nuevo se escapa pero no quiero contar los detalles para que os pique la curiosidad.
Cuando me vine de España a Brasil no me quisieron matar en el avión, dejemos eso claro, yo soy buenecita.
Imagen de la red
Sobrevive al viaje y se instala en las colonias. Esa parte del libro nos describe la vida en las colonias de una forma muy crítica. Hay mucho que criticar con tanto imbécil que se cree superior, la típica casta de enchufados amantes de la burocracia, su prepotencia al tratar a los africanos etc...
Es patética esa sociedad que enseña, y de nuevo tan parecida a lo que he vivido yo en Brasil, donde cinco pelagatos se han colocado en la cima de la pirámide social y son tan ridículos y mala gente como esos franceses degenerados que Céline retrata en su libro.
Aquí ellos mismos se auto denominan como integrantes de las "familias tradicionales", y creo que eso quiere decir que llegaron antes que otros y se colocaron mejor. Descendientes de pobres emigrantes que sólo traían hambre en sus barrigas pero que hoy pertenecen a una especie de aristocracia local que da asco.
Insolidarios, inmorales y canallas como los franceses de las colonias descritos en ese libro. Así que de nuevo entiendo de lo que habla, no es muy graciosa esa parte, más bien da ganas de llorar al ver como se parecen los hijos de puta estén donde estén y vengan de donde vengan.
Llorar y vomitar.
Unos pocos pisando a muchos, pagando sueldos de mierda y organizando tómbolas de caridad para recochinearse y darle ese toque cruel a la explotación del hombre por al hombre.
En el libro le pasan muchas cosas, enferma, se lo llevan preso, llega a un estado cercano a la esclavitud y al final sale de África y se da una vuelta por EEUU. Allí encuentra a su ex novia, aquella Lola de la primera parte y también se hace amigo de una puta que no recuerdo como se llama.
No se adapta a los norteamericanos y termina volviendo a Francia y ejerciendo la medicina. Yo todavía no me he ido ni sé si me iré de aquí o si regresaré a mi país, así que no puedo ver tantos paralelismos con lo que conozco en esta parte.
Entiendo las sensaciones pero ya está.
Esta parte del regreso es la más triste.
Te ríes poco.
Trabaja como médico pero siente verdadero asco por sus pacientes, y no es rechazo por la enfermedad, es rechazo por las personas.
Repugnancia, desprecio...ha visto lo peor del ser humano en las trincheras, en los manicomios, en los barcos, en las colonias y en tantos sitios que sus ojos ya están saturados.
Sus ojos, su corazón, su alma, su cerebro.
Está hasta los mismísimos huevos de todo. Se queda aislado en su pozo de amargura y desde allí va sobreviviendo como puede.
No me identifico con ese sentimiento, hay gente que no me gusta pero hay muchos que me gustan. Aún así trato de entender como se siente Ferdinand, aislado en ese fondo de la oscuridad de la negra noche...y puedo imaginar su dolor. Es la parte de libro en que más se llora. Al menos yo, que soy de esa gente que llora con los libros con las películas y con los anuncios cuando llega la parte de llorar.
No sé si a alguien le va a entrar ganas de leer este libro, después de leer todo esto pero desde luego yo lo recomiendo.
Te hace sentir con INTENSIDAD.
No voy a decir que es muy bonito, porque seria ridículo, es una obra de arte total y absoluta. Nadie diría que ese cuadro de EL GRITO es muy bonito, pero todos nos sensibilizamos ante ese grito de colores pintado con tanto talento.
Isabel Salas
Pues lo mismo, si yo fuera editor colocaría ese cuadro en la portada, para que se entendiese de que va el libro. Como cuando ponen una pierna de mujer con una liga para decir que el libro es sensual.
La vida de su autor también fue muy aventurera y dicen que el libro es en parte autobiográfico. Yo no sé cuanto hay de verdad y de inventado en lo que él escribió, sé que me llegó y me transportó a su mundo.
Me enseñó mucho del ser humano y de mí misma y creo que para eso se escriben libros. Para eso y para muchas cosas más y éste libro merece todas las penas que se pasan leyéndolo.
Isabel Salas

De Wikipedia:
Louis Ferdinand Auguste Destouches (Courbevoie27 de mayo de 1894 – París1 de julio de 1961), más conocido por su seudónimo Louis-Ferdinand Céline o sólo por Céline, fue un escritor y médico francés.
Se le considera uno de los escritores más influyentes del siglo XX, pues desarrolló un nuevo estilo de escritura que modernizó tanto la literatura francesa como la universal. Tras Marcel Proust, es el autor más traducido y popular de la literatura francesa del siglo XX; su novela más famosa es Viaje al fin de la noche.
Por otro lado, su figura permanece en la controversia a causa de sus panfletos antisemitas.
....
Su obra más famosa es Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit), una narración de rasgos autobiográficos publicada en 1932. Su protagonista, Ferdinand Bardamu, enrolado en un momento de estupidez en el ejército francés y asqueado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decide desertar haciéndose pasar por loco, no sin presentar toda suerte de personajes pintorescos, y el absurdo y la brutalidad de la guerra. Tras esta y un noviazgo con una estadounidense, Lola, va a parar a un barco —en el que los demás pasajeros lo quieren linchar—, rumbo a una colonia francesa en África. Su descripción del sistema colonial francés es hilarante y sumamente crítica: dice, más o menos, que las colonias francesas son el paraíso de los pederastas y que todo se funda en la explotación del negro (idea que recuerda El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad). Unas fiebres acaban con esa aventura y llega en un estado cercano a la esclavitud a Estados Unidos. Escapa en Nueva York, donde vive por un tiempo y se reencuentra con Lola, a quien extorsiona. Vuelve a viajar, esta vez a Detroit, donde traba amistad con una prostituta norteamericana, pero vuelve a París y ejerce la medicina a pesar del asco que le da su clientela.
La aparición de Viaje al fin de la noche fue una innovación literaria sin igual. El lenguaje oral, grosero y muy jergal, escandalizó a los contemporáneos y fue mucho más lejos que escritores que intentaron, antes de Céline, escribir usando este registro, como Émile Zola. Su prosa, como su forma de abordar los temas, y los temas en sí mismos, es extremadamente violenta, amarga y quebradiza. Su ritmo es salvaje, acelerado —y en él reposa gran parte del mérito literario del autor—. Su lenguaje es vivo, libre de todo tipo de formalidades, para escribir del modo más expresivo posible.
Imagen de la red
Céline evidencia una visión del mundo y sus habitantes descarnada y mordaz. Defensor de presentar la miseria sin adornos que la conviertan en una parodia, considera que mostrar la naturaleza humana sin máscaras es un acto de sinceridad. «En Céline la opción en pro de una escritura agresiva, el gusto por las bromas —más exactamente, ocurrencias— y la provocación se apoyan en este caso en una conciencia permanente en su valor como escritor».
De estilo vivísimo, a veces intraducible a causa de su propensión a imitar el lenguaje oral, influyó profundamente en las generaciones posteriores. Autores como Charles BukowskiJean-Paul SartreHenry MillerWilliam S. BurroughsKurt VonnegutBilly ChildishIrvine Welsh y el contemporáneo Alessandro Baricco lo reconocen como una profunda influencia en sus obra.

sábado, 18 de marzo de 2017

JUAN SANCHEZ de Granada reside en Barcelona, escritor (Periodismo y Filosofía y Letras)

Un personaje que moviliza sin pretenderlo, así es Ventura.

Un hombre inmutable,  obstinado por su trabajo, Ventura pasa por la vida sin desear cambiarla ni dejar que nada lo cambie a él.

Por momentos me vi tentada a creer que era un robot, en otros pensé que se trataba de un ser autista -aun creo que algo de eso hay- o que era la reencarnación de Chance, el personaje de Jerzy Kosinski, que volvía desde su jardín a ser un vendedor estrella en una tienda española.

No, nada de esto. Ventura es un ser extraño e impenetrable. Tan eficiente que irrita a sus colegas, tan educado, formal y elegante que seduce a sus compañeras y clientela femenina. A la vez, un hombre que está tan obsesionado con su propio personaje que no puede ver que todo cambia y se derrumba a su alrededor, él ha de seguir inconmovible.

Su idiosincrasia enigmática puede llegar a cuestionar nuestra propia naturaleza, si hilamos fino nos preguntaremos por nuestra sombra y será tan difícil de descubrir como la personalidad de Ventura.

Un libro que refleja un manejo hábil de la trama como del idioma, que denuncia el devenir caótico de nuestra sociedad y lo poco preparados que estamos para sobrevivir en ella, que nos mantiene pendientes de su desarrollo y que no es fácil de olvidar cuando cerramos el libro.

  
   Mis felicitaciones a Juan Sánchez y el agradecimiento por dejarme entrar en el mundo de VENTURA.

   Y quién es Juan Sánchez ¿Es parte del personaje? Veamos su biografía: 

Juan Sánchez nació en Guadix (Granada) en 1963 pero desde los cuatro
meses de edad reside en Barcelona, donde estudió Periodismo y Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma.

Entre 1993 y 1996, se formó en el Taller de Creación Literaria de su ciudad y en el 2006 realizó un Posgrado en Desarrollo Audiovisual en la Universidad Ramon Llull.

         Ha escrito guiones para productoras audiovisuales como D’OCON y Neptuno films y el programa de Televisión Española TPH Club y ha colaborado como corrector y redactor para las editoriales Círculo de Lectores, Ramdom House Mondadori, Gedisa, Barcanova y Parramón-Granica-Belacqua.

         En 1997 ganó el I Premio de Literatura Epistolar de Correos y Telégrafos de España con el relato “Querida Leonor” y fue finalista en 1999 del IV Premio NH de Relatos con “El ejecutivo vacante”.

         Su primera novela, Ventura, publicada en Amazon en septiembre de 2016, está protagonizada por uno de los personajes más enigmáticos de la literatura y, entre otras cosas, es una demoledora crítica de la pérdida de valores en la sociedad actual.

Entrevista 


¿Eres escritor de carrera o has seguido otra carrera?

Soy escritor por vocación y por pasión. Porque siento la necesidad de expresarme a través de la palabra escrita de la forma más bella y justa posible. He estudiado dos carreras de Letras, Periodismo y Filosofía, pero si
escribir puede entenderse como una carrera, es una carrera de fondo. Las grandes obras y el reconocimiento tardan en llegar, si llegan. 

¿Vives de la literatura? O ¿Cuál es tu ocupación?

Vivo de la literatura y para la literatura pero no me gano la vida con ella ni creo que sea necesario. Trabajo como funcionario por las mañanas y escribo, cuando puedo, por las tardes.

¿Con quién vives y dónde? ¿Te acepta tu familia como escritor?
Vivo con mi mujer y mi hijo en Nou Barris, un barrio obrero de Barcelona. Mi mujer también escribe. Ella es ensayista y yo narrador, así que trabajamos en diferentes campos literarios y somos muy compatibles. Mi hijo es aún un bebé, y todavía no es consciente del oficio de su padre. Espero que le guste lo que hago cuando pueda apreciarlo.

¿Cuándo decidiste que eras escritor?

Desde muy pequeño sentí que quería escribir, pero no me sentí escritor hasta pasados los treinta años, cuando empecé a escribir los primeros relatos de una cierta calidad.

¿Qué fue lo primero que recuerdas haber escrito? ¿A qué edad?

Hacia los doce años leía más cómics que libros, e inspirado por uno de esos cómics, empecé a escribir una novelita muy cinematográfica titulada “En busca de la Prehistoria” que no terminé. Trataba sobre una expedición de científicos y aventureros a un lugar del mundo donde aún habitaban los dinosaurios.

¿Quién te ha influido en tu vida literaria?

De muy joven me influyeron algunos autores clásicos que leía con devoción. Kafka primero y luego Borges, Cortázar y García Márquez, entre otros. Más tarde me interesó la complejidad de autores como Proust, Joyce y Faulkner, y muchos más que no terminaría de citar. Finalmente he terminado combinando el estilo de los primeros maestros con el de los segundos: trato de contar, con un lenguaje sencillo, historias complejas.
         En cuanto a personas cercanas, mis padres me influyeron quizá sin proponérselo. Mi madre me contaba cuentos clásicos infantiles en la cuna que me fascinaban y mi padre compraba libros de viejo que un buen día yo empecé a curiosear. Luego hubo una profesora de Lengua en primaria, la señora Pelegrín, un profesor de Literatura en el Instituto cuyo nombre siento no recordar y otra profesora, Alejandra Rifé, en el Taller Literario de Barcelona. Y el grupo Los Silvestres, formado por antiguos alumnos de ese taller, me ayudó mucho a consolidar mi escritura. A todos los recuerdo con la mayor gratitud. Finalmente, no podría dejar de referirme al extraordinario apoyo de mi mujer, Eva Campamà, que leyó atentamente Ventura y me ayudó a corregirlo y a editarlo.

¿Qué temas son tus preferidos? Y ¿en qué géneros has incursionado?
Mi tema preferido es el de la identidad. El misterio del ser humano, de lo que hace que alguien sea lo que es, y todos los claroscuros que ello conlleva. Me fascinan los personajes misteriosos que nunca se terminan de conocer del todo.

¿Tienes hábitos para llamar a tus musas, alguna rutina? Como poner música, etc.

Para escribir sólo necesito un poco de silencio y soledad. Cuando tengo una historia que contar, conecto y desconecto fácilmente. Si me pongo ante el ordenador, escribo, mejor o peor, hasta que llego a algún punto importante que dejo esbozado para el día siguiente. El resto del tiempo desconecto de la historia, me dedico a otras cosas y dejo que el inconsciente trabaje a su gusto hasta que me vuelvo a poner ante la pantalla.

¿Qué es lo próximo que te gustaría escribir?

Ya estoy escribiendo mi siguiente novela, también sobre un personaje solitario y singular, que se retira desencantado del mundo en el que le ha tocado vivir. Aparte de esto, sin duda influido por el nacimiento de mi hijo Pau, me gustaría crear un buen personaje para niños y escribir una serie de libros con él como protagonista.

¿Te sentiste diferente, bien, o cómo, después de publicar por primera vez?

Me sentí diferente, en efecto. Me sentí más autor, con el orgullo y la responsabilidad que ello conlleva. No todo el mundo puede escribir una novela, y mucho menos una buena novela. Me sentí mal por un lado y bien por otro. Mal porque me costó desprenderme del libro y bien, muy satisfecho, porque por fin había culminado un largo y laborioso proceso.

¿Qué le dirías a alguien que quiere publicar su primer libro?

Que no tenga prisa pero que tampoco lo eternice. Que lo escriba y lo corrija meticulosamente y lo dé a leer a dos o tres personas de confianza y, tras escuchar sus opiniones, decida lo que le resulta útil y lo que no y lo publique donde pueda. No conviene ser demasiado exigente con la editorial en la que salga el primer libro, pues los comienzos suelen ser difíciles. Si el libro es bueno, aunque empiece su camino de manera muy modesta, al final acabará donde se merece.

¿Hay algo más que quisieras decir y no te he preguntado?
Quisiera darte las gracias, Mónica, a ti y a todas las personas que con su esfuerzo, muchas veces insuficientemente valorado, contribuyen a difundir la literatura.

Quieres hablar sobre:
Los inicios.
Mis inicios como escritor se remontan a la infancia y la adolescencia, pero no empecé a escribir “en serio” hasta pasados los treinta años, cuando ya era alumno de un taller literario de mi ciudad. Allí empecé a dar rienda suelta y orden a mis ideas literarias. Y durante los tres años en que frecuenté aquel taller, escribí algunos relatos de una cierta calidad e incluso fui premiado en algunos concursos. Luego unos cuantos alumnos más o menos destacados decidimos dejarlo y seguir por nuestra cuenta. Formamos un grupo, Los Silvestres, y nos reuníamos cada quince días en casa de uno o de otro. Durante varios años más, todos leímos y escribimos y compartimos nuestros textos. Fue una época de una gran producción y constante crecimiento, que recuerdo con enorme gratitud, en la que conseguí afianzar mi escritura.

Los momentos más emotivos de superación personal.
En mi vida literaria hay dos momentos claves, muy emotivos: cuando terminé los primeros relatos aceptables y cuando publiqué mi primera novela.
         Pasé muchos años intentando escribir como yo quería pero no lograba terminar casi ninguna historia, y cuando terminaba alguna, no me satisfacía. Así que tomé una decisión capital en mi vida: me inscribí, al mismo tiempo, en unos cursos de guionista y en un taller literario, y todo empezó a cambiar. Fue a mediados de los años 90. En unos meses, con mi esfuerzo y el apoyo de los profesores y los compañeros, por fin logré terminar relatos en los que expresaba lo que quería de la manera en que quería. Había alcanzado mi sueño de muchos años.
         Un tiempo después, noté que los relatos breves ya eran insuficientes para lo que quería expresar en ese momento y decidí probar con la novela. Estaba tan habituado a las distancias cortas, que me costó un gran esfuerzo, pero lo conseguí. Ahí está Ventura para atestiguarlo. Cuando la publiqué, en septiembre de 2016, sentí que había dado otro paso decisivo hacia adelante.

Los miedos.
Todos tenemos en algún momento miedos, bloqueos, y cuando eso ocurre,  hay que guardarse el orgullo, buscar ayuda si es necesario y tirar para adelante. Llegar hasta donde podamos es más que suficiente.

Sus motivaciones y sus ídolos.
Todo escritor sueña con una gran obra, que quizá no llegue nunca pero está en el fondo del deseo de escribir. Esa gran obra con la que yo sueño podría estar inspirada por dos ídolos literarios muy diferentes: Kafka y Shakespeare. La expresión sencilla y precisa de Kafka combinada con la profundidad casi insondable de Shakespeare.

El peor y el mejor momento.
A lo largo de los años que llevo escribiendo, he pasado malos y buenos momentos. Cuando terminé Ventura, se la envié a algunas personas del mundillo literario que consideraba amigas para que me dieran su opinión. Y algunas ni siquiera se molestaron en hacer una lectura rápida. Me ignoraron totalmente. Lo comprendo en parte, porque todos estamos muy ocupados y cuesta leer textos de otros, pero lo pasé mal.
         El mejor momento literario que recuerdo fue cuando terminé la primera redacción de Ventura. Justo al terminar la última frase, después de meses de arduo trabajo, levanté la cabeza de la pantalla del ordenador y, con lágrimas de satisfacción, le anuncié a mi mujer: “Acabo de terminar Ventura”.


El rechazo y la publicación…
En el mundillo literario, en que se mueven intereses muy variados como en cualquier otro ámbito, hay que tomarse las cosas con cierta deportividad. Los rechazos de las obras por parte de los editores a veces están bien motivados y a veces no. Hay grandes obras que ha costado mucho publicar y obras muy malas que se han publicado en seguida, y viceversa. Yo envié Ventura a tres editoriales y, al cabo de muchos meses, solamente me respondieron de una. Muy amablemente me comunicaron que les había gustado pero no la publicaban porque ya tenían dos o tres libros preparados para este año. Como soy bastante impaciente, decidí publicarla en Amazon con la ayuda de mi mujer, y ahí está, al alcance de todos los lectores que quieran en todo el mundo.

¿Qué le gusta cocinar? ¿Qué comida prefiere?
No sé cocinar, solamente sé preparar platos muy básicos. Mis platos preferidos son la paella de mi madre y los fideos chinos que prepara mi mujer.

¿Le gustan: los animales, deportes, música? ¿Cuales?

Los animales me gustan pero en libertad. Me gusta admirarlos en los reportajes de la televisión pero no me convence verlos en cautividad en las ciudades. Creo que no es bueno para ellos ni para los humanos.
         Me gustan algunos deportes y cierta música por la fluidez y el ritmo. Me encantan el baloncesto y el blues, el jazz y la música negra en general, por el sentido del ritmo que tienen, algo que intento aplicar a mis textos. Podría decir que escribo al ritmo del baloncesto o del jazz.

¿Qué lugar del mundo prefiere para vivir?
Mi barrio, Nou Barris, en Barcelona, donde llevo toda la vida y donde transcurren siempre, de algún modo, mis historias.

Si tuvieras que comenzar de nuevo, ¿qué cambiarías?
No cambiaría nada sustancial. Si acaso, aún trabajaría más la fluidez y el ritmo del relato. Nunca me parecen suficientes.

¿Hay algo que nunca hayas compartido antes y te gustaría hacerlo ahora sobre tu éxito con VENTURA?
La novela y el personaje de Ventura tienen algo de mí mismo. En cierto sentido, que no voy a revelar, yo he sido Ventura en algún momento. Y cuando terminé la novela, sentí que había pasado una larga página de mi vida.





Texto elegido por el autor:

EL EJECUTIVO VACANTE


            Hace un instante, cuando estaba a punto de entrar en mi Audi 6 de catorce válvulas, aparcado en zona azul entre Casp y Gran Via, con el que pensaba llegar al aeropuerto y tomar el puente aéreo a Madrid, donde debo impartir un cursillo a empleados de Freixes S.A., he sido atracado. Ingenuamente deseé que se conformaran con el vehículo pero también me han robado el móvil y, por desgracia, el maletín, mi bien más preciado, y cuando descubran que no contiene dinero sino tan sólo un montón de manuales de autoayuda, prefiero estar lejos.
            Como decía, iba a entrar en mi Audi y he sido despojado del maletín que me acompañaba a todas partes mientras iba repasando el argumento del huevo y la sartén que tantos éxitos me ha dado y que naturalmente no es mío, porque nunca he tenido, para qué, una opinión propia. Es cierto que de joven cometí algunos deslices y quién no. En los Jesuitas escribí un poema; alguna vez quise abrazar un credo político; durante una cena en casa de mis padres discutí la opinión de Ricard Freixes, hijo del director general y ahora uno de mis mejores compañeros, sobre la manera en que Susana LLetuga, mi actual esposa, apoyaba los pies en el instante de golpear con su revés en aquellos legendarios partidos del Club de Tenis Barcelona. Podría seguir la enumeración si consiguiera recordarla pero lo importante es que, después de esos malos momentos, siempre estaba la sonrisa comprensiva de Eugeni Cargol, mi padre, que observaba mi torpeza o escuchaba mis relatos con la atención de un zoólogo.
            Nunca olvidaré, o tal vez sí, si no me doy prisa, el día en que mi padre siguió el rito que las últimas generaciones de Cargols, desde LLorenç, mi bisabuelo, el primero de la familia que en 1902 lentamente cruzó la Sierra de Collserola y se instaló en la ciudad, han repetido. Con la gravedad que el momento exigía mi padre, emulando al suyo, me recomendó el manual del doctor Covenny y me dijo ánimo, puedes tener temor pero no miedo. Aún no sé bien la diferencia entre los dos términos aunque es bien cierto que diré las mismas palabras a mi hijo, que está en camino. A lo largo de los años, no señor, créame, no sé decirle dónde está la calle Diputación, han variado los locales y los libros, pero no los sentimientos. Yo empecé en la librería Catalonia y mi hijo puede que en un Happy Books.
            Al cumplir los doce años salí de la boca de metro que hay delante de El Corte Inglés y crucé la Ronda de Sant Pere decidido, pero entre las revistas del vestíbulo me detuvo un temblor probablemente de miedo. Cuando recorría los primeros estantes el temblor se había disipado, y después de bajar las escaleras, mientras me acercaba a aquellos títulos de letras grandes y claras en portadas rutilantes, se había convertido en un temor llevadero. Pagué con un dinero ahorrado de las pagas semanales que en cierta medida podía llamar mío y sostuve el primer manual entre mis manos como imagino que lo sostendrá mi hijo. Después del colegio, en el cuarto de estudio, y también en el baño y en la cama, fui aprendiendo de la eficaz prosa divulgativa del doctor Covenny su teoría del yo, dividido en yo ocurrente, yo negociador y yo ejecutivo, que en pocas palabras viene a decir que tenemos que negociar con nuestras continuas ocurrencias para tomar las decisiones correctas, y ahora, lo siento señora, ya sé que es mejor pedir que robar pero no tengo dinero, aún recuerdo que soy un Cargol, un caracol deslizándose hacia un banco, y también que he llegado a ser una especie de ejecutivo aunque no tengo claro si soy ocurrente. En los últimos años a mi puesto, de creación tan reciente que carece de nombre fijo, a lo que cabe añadir el continuo reciclaje, lo han denominado técnico en formación esencial, especialista en perspectivas, auxiliar de tendencias, qué sé yo de cuántas formas lo han denominado a este puesto que me obliga a contar una y otra vez lo del huevo y la sartén, de modo que cuando alguien me ha preguntado a qué me dedico, si era de confianza, le he respondido bromeando que como mucho puedo decir aproximadamente lo que soy en este momento, mientras tomo este gingsen o juego al squash, porque cuando termine de decirlo probablemente ya seré otra cosa.  Del manual del doctor Covenny pasé al de González Gargallo y luego al de Guitart. Un manual conduce a otro. En cada aventura sentimental, en cada examen del Institut d'Estudis Superiors de l'Empresa, en cada actividad deportiva que empezaba consultaba el capítulo correspondiente. Durante un tiempo, siguiendo el buen dictado del profesor Lorente, con el fin de disponer de varias opciones estudié empresariales y jugué al tenis. Mis ídolos eran Onassis, el multimillonario griego, y Bjorn Borg, el tenista sueco, ganador cinco veces consecutivas de Wimbledon, que en sus fríos ademanes que le valieron el apodo de "el hombre de hielo" y en su comportamiento estricto demostraba haber seguido de manera literal el Manual del perfecto deportista de Buisán. Después de las clases entrenaba en el Club de Tennis Barcelona. Susana era entonces una tenista elegante que jugaba desde el fondo de la pista y se teñía el pelo de rubio para parecerse a Chris Evert. Antes de que ella terminara una frase, yo sabía si debía responder con otra frase, una sonrisa o una carcajada concretas, y tenía la impresión de que a ella no le sorprendían mis respuestas. Tras unas semanas de intercambiar gestos y caricias no menos apasionados por previsibles, descubrimos que usábamos el mismo manual de seducción. Entonces tuvimos claro en la medida en que se puede tener claro que nada podía convenir más a un Cargol que una LLetuga y viceversa, nos convertimos en compañeros de dobles mixtos y más de una vez ganamos el campeonato del club frente a Ricard Freixes y su novia.
            Hasta que llegó el día en que tuve que decidir entre el tenis o ingresar en Freixes S.A., donde Susana, ya con su pelo castaño, trabajaba en el departamento de relaciones públicas. Recuerdo que yo disponía de un potente drive pero mi revés, pese a usar las dos manos, era apenas un golpe defensivo que me obligaba a correr mucho por la pista, y mis piernas, las que ahora me llevan cansinamente, carecían de la resistencia necesaria. Así que si quería probar en el circuito profesional, tenía que mejorar mi revés o mis piernas. Los  consejos de Rubio, de la Arena y Samará sobre cómo afrontar una entrevista me fueron de gran utilidad frente al jefe de personal, aunque no descarto que influyera favorablemente la recomendación de Ricard Freixes. Tras un breve cursillo de formación, no muy distinto al que voy a impartir en Madrid si consigo llegar a tiempo, ocupé un modesto cargo, ya extinguido por inoperante, en la sucursal de Barcelona, y por fin Susana y yo pudimos plantearnos comprar un piso. Huelga decir el manual que empleamos, junto con la generosa aportación de las dos familias, para encontrar un hogar acorde a nuestras necesidades.
            Durante dos o tres años continué acumulando manuales, el de Monserrate, que nos ayudó a casarnos en los juzgados del Paseo de LLuís Companys, el de Ibáñez, con el que concebimos a nuestro hijo y lo tendremos de forma saludable, el de Merino, que ha ampliado mis habilidades en el mundo de los ejecutivos y aún ha de facilitarme tantos ascensos, y cada día los colocaba sobre el suelo de mi cuarto y los repasaba. Mi personalidad era una sólida columna de manuales que en cualquier momento se podía desmoronar. Eran muchos libros, me vi obligado a hacer una selección. En una tarjeta que llevo siempre conmigo, anoté los títulos imprescindibles por orden y la dirección y el número de la caja de seguridad del banco al que me dirijo, y cuando salí de mi casa paterna de la Avenida de Pedralbes para trasladarme a la Diagonal con mi primer maletín lleno de manuales en el que iba mi personalidad, ya había abandonado la idea de llegar a ser como uno quiere y estaba decidido a ser como me convenía. Y ahora, I'm sorry Mr., I don't understand you, ni siquiera estoy seguro de qué lugar ocupo en la empresa porque no me ocupo a mí mismo. Soy un ejecutivo vacante. Cruzo Mallorca, veo el número ochenta, el ochenta y dos del Paseo de Gràcia y, casi arrastrándome, entro en el Banco Central agarrado a la tarjeta que muestro al empleado después de saltarme la cola. Tomo el maletín de reserva, una copia exacta del que me han robado que tuve la precaución de guardar en su momento, y agónicamente repaso el orden de los libros.
            Desde una cabina llamo a Susana, mi querida LLetuga, y le pregunto sobre su embarazo tras haber superado, así parece, el mío. Si todo va bien, un día hablaré a mi hijo del doctor Covenny.
            Voy en un taxi camino del Aeropuerto de El Prat, recordando con ayuda del prestigioso García Valero el argumento que una vez más expondré en Madrid, cuando explique que si bien la profesión no es extremadamente difícil tampoco es tan simple como algunos pretenden, por ejemplo, todos, o casi, sabemos freír un huevo pero tenga usted -y se los doy- esta sartén y este huevo y diga cómo se hace, y entre los nervios del primer día y la lógica perplejidad ante la propuesta, el aspirante a ejecutivo se queda mirando a sus compañeros sin saber qué decir y entonces yo me apresuro a recitar mi discurso aprendido de memoria, no vaya a ser que alguien se decida a opinar.
                                                                                                                           Juan Sánchez



lunes, 20 de febrero de 2017

JUAN RE CRIVELO, vive en Catalunia, España. Escritor


Mi Historia

A los 8 años leí La Biblia (una espléndida colección de mi abuela de 10 tomos ilustrada) pero no me hice religioso, luego El Quijote y una biblioteca entera propiedad de mi Tía Estela que devoré en mi exilio. 

Mis padres se habían divorciado y mi alimento espiritual era la rutina del colegio (¡que horrible repetir sandeces!) y mis dos abuelas italianas que me sumergían en relatos sobre las vidas paralelas de sus familias en Los Alpes. Del colegio solo tengo un record Guinness, me enviaron a izar la bandera en un mástil de casi 100 metros y rompí el alambre que elevaba el símbolo patrio, desde aquel día... sigue sin solución el déficit de bandera.

Durante aquel exilio mi única amiga era mi prima hermana Mónica, escritora igual y soñadora. Bueno yo soñador y ella escritora.


 Siempre pensé que sería escritor, lo que ocurre es que viví extraviado hasta los 50 años. Fui ayudante de albañil, vendedor de tonterías varias, guardia urbano, agricultor de temporada, friegaplatos, modelo de desnudos para dibujantes, traficante en pequeña escala de la Mafia griega, profesor de El Capital de Carlos Marx muy joven en la Universidad, empresario y profesor de niños y jóvenes en mi trabajo actual.

Y el extravío durante aquellos años me llevo de regreso a mi cualidad intima, contar y escribir historias como lo hacían mis abuelas y pensar sobre la sociedad y desvelar sus artificios ideológicos. Con lo cual… he regresado a la pasión que nunca abandone.

 Y les invito a juzgarme por esa esencia, personal, efímera, sutil,
ambivalente y compartir mi oficio de cultivo de la inteligencia y la memoria.

Si alguien es responsable de este avatar, diríjanse a mis dos abuelas: Francesca & Doménica

*****

Ésto es lo enviado por Juan Re Crivello, fui a investigar a la red social donde lo conocí y dice que estudió Historia en Barcelona, que vivió en México y Atenas, ahora vive en Villanueva y Geltrú, Catalunia, España.
Tiene un blog y varios libros: http://juuanre.wixsite.com/re-crivello-escritor. 
*****

Aquí su relato:

Carretera de Centralia (Pensylvania) antes de desaparecer

“Los viajeros sin rumbo están abiertos a reducir la miga de pan o aumentarla, con solo un instante que perciban del otro lado un corazón abierto, y cada propuesta –en su viaje- cambia su ligera previsión de llegada por un circulo interior que le domina unos días hasta que restablece su afán” Viajeros y autostop -j re

A menudo las frías carreteras son aburridas y lentas. Uno es joven y hace autostop para subirse a un director de escena que ansía conversar. Los largos viajes de un joven como yo que atravesó toda Sudamérica y Europa con tan solo un dedo y un cartel sin plan y guía entre los 17 y 21 años dan para muchas apuestas (1). El paso del tiempo atrae esos recuerdos, pero me he propuesto no hablar. Lagos, estanques, montañas, traviesas de ferrocarril y kilómetros desolados no agregan más que enseñanzas o maneras de ver los designios humanos.

A menudo esos espíritus hablan, en otras son rubias apretadas de soledad que se unen a tu alma. Los viajes te cambian y te meten una caja de ruidos, de voces que cuentan historias y medias verdades —digo, si Ud. me deja Estimado lector—, que escuché muchas; y sonaban como si fueran a meternos en su salsa, pero el largo viaje nos cansa y nos atrapa, pero nos hace tomar distancia. Una segunda vida para mi nació en esos caminos, con ello, si recito o cuento historias, considerad que es el favor que cumplo para aquellos que me explicaron su magia pensando que tal vez la atraparía.
Y… ¡Así fue! La magia del escritor. La magia de la memoria
¡Cúmplase aquella orden… pues!

000000000000000000000000

      



*****
Otro relato

Voy a hablar de un señor que cumplirá 82 dentro de unos días. Es de estatura mediana, gran conversador, humor irónico y tan creativo que a su madre le diseño una casa con techos en u. y el pueblo agoto las aspirinas ante la inquietud que les transmitía. Cuando se acerca su cumpleaños uno se siente intrigado en cómo explicar tan sugerente personalidad si uno tiene el placer de estar a su lado. No todos los días, pues él está a 12.000 Km de distancia; pero razona, recita, especula en mi cerebro casi como si estuviera en cuerpo y alma.


Es mi tío Armando (los dos pertenecemos a la constelación Crivello) y compartimos un ancestro común: su padre, mi abuelo, que hizo fortuna en 20 años y falleció tan rápido que su vacío llena nuestras tradiciones. Pero hoy hablaremos de una obra de mi Tío.

Hace años cuando era un joven arquitecto le visitó en su casa, en una ciudad que ha crecido entre la frontera de Argentina, Brasil, y Paraguay un alemán del cual su mayor deseo antes de regresar a su país y fallecer, era donar dinero para construir una escuela. Mi tío le escucho, nadie le había tomado en serio. Aún recuerdo esa manera reposada de los dos sentados en un comedor con una mesa grande y sillones y una escalera abierta que lleva a las habitaciones superiores. En el centro de aquel comedor una abertura al estilo de un cráter permite ver el techo de toda la casa del cual una parte es de cristal. Si a su madre le hizo el techo en u, para sí y mi Tía Gladis diseño una obra de arte. La conversación se alargó, con lo cual decidió invitarle a su especialidad dos entrecots en su asador particular. 

Él vive en una casa en una esquina que tiene una terraza llena de plantas tropicales y un pequeño asador. La comida trajo el acuerdo, harían esa escuela muy cerca de otra antigua en un pueblo del interior donde la pobreza atrapa a las víboras y remata de risa a los pájaros que van de paso para Brasil. Los lugareños afirman que esquivan ese sitio por su angustia a caer en círculos. Luego una vez lista la obra, le dejarían una carta al Director de la otra escuela y esperarían a ver cómo según sus cálculos todos se trasladarían a la nueva como si nada hubiera cambiado. Los dos coincidían en que esto sería así, pues compartían en sus lecturas el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

Mi tío Armando se aplicó y visito la obra y al alemán a la vez, a quien le llamaremos Hans. Cada semana. Siempre lo cuenta tan gracioso: “golpeaba en la puerta, me abría una señora y hablábamos en un comedor de dos sillones y una mesa. Al final un cuadro de flores rojas era el único adorno. Yo le comentaba los trabajos, el firmaba los cheques para pagar a los trabajadores y materiales. Y traían un café. Luego un silencio se esparcía entre nosotros. A lo sumo el preguntaba siempre lo mismo”.


— ¿Los ladrillos los harán en un horno de esos de antes? Con barro y paja de campo                 —preguntaba Hans.

—Sí. Respondía y luego detallaba que todo era de madera, con ventanas tan grandes que el sol pudiera entrar y salir continuamente sin pedir permiso. Él sonreía ante mi observación. Cada semana variaba la pregunta, que si los patios serian de tierra con dos campos de futbol como los del Boca Juniors, y con parsimonia contestaba: “serán tan grandes que el balón rodara tan enloquecido que los partidos acabaran con más de 20 goles” —y él sonreía.

O aquella pregunta que me tomo de sorpresa:

— ¿Ha previsto un lugar para que ellos canten y hagan música? “Hay una sala donde el piano se asoma, los violines se rodean de manos brillantes, y las partituras se abren como los juegos de naipes y todo el suelo y el techo es de madera de pino de Brasil para que al hablar o cantar las voces se decidan a ir en todas las direcciones y si Ud. fuera tal vez quedaría envuelto en una nube de melodías”. Hans me miró, sus ojos dejaron paso al asombro, luego unas palabras: ¡eso sí que es realismo mágico Armando! (1).

La última semana, nos despedimos y le conté que ya todos habían ocupado la escuela y el gobierno provincial hacia la vista gorda ante el uso de una propiedad que no conocía nadie y preguntó:

— ¿Y las pizarras son grandes como planeamos? Ante lo cual contesté por última vez: “tan grandes que las letras caen en cascada sin fin como nuestras cataratas”. Y esta vez rio a carcajada limpia.

Dos años después me llego un sobre a través de una persona. Hans había fallecido y pagaba mis servicios.

Nota:

La escuela sigue allí después de 50 años y aún no saben quién es su dueño.

Nota 2:

Doy fé de lo contado y que todo es real.

Doy fé que esto no es realismo mágico. J re crivello